Blog para jóvenes cristianos

Testimonio de una madre que abortó

Posted on: septiembre 10, 2011

En Cotignac, Francia, en un santuario mariano, todos los años se celebra un acto religioso que permite a las mujeres que abortaron reconciliarse con Dios, con la criatura abortada y con la Iglesia. Se pide a las madres que den nombre al ser abortado, que sanen la culpa, que expresen su angustia…En ese santuario, una mamá dio este testimonio:

 

“Soy de la generación que tenía dieciocho años en mayo del 68, a quienes los intelectuales del momento nos dijeron: Dios no existe. Había tenido una infancia desgraciada, viviendo sin Dios en los años determinantes de mi vida. Mi juventud, un desastre. Hice la elección de la unión libre, y recurrí dos veces al aborto. La primera era muy joven y totalmente inmadura; la segunda estaba en plena depresión. Desgraciadamente tanto la primera como la segunda, no encontré en mi camino una sola persona que me explicara la gravedad del acto que iba a cometer; que me dijera claramente lo que pasaba con el embrión. Conque una sola persona hubiese osado decirme esto y me hubiera ayudado a tener confianza en mí, habría logrado que yo acogiera la vida, la vida de un niño inocente, ni niño.”

¿Por qué nadie dice nada? ¿Por qué este silencio del cuerpo médico, de los medios de comunicación, de la prensa? ¿Cómo pueden dejar a las mujeres jóvenes en una total ignorancia; mejor dicho, en una tal mentira? ¿Por qué se rechaza decir la verdad tal cual es? Más tarde comprendí que la sociedad prefiere proponernos una cultura de la muerte antes de una cultura de la vida.”

Yo había perdido la noción escencial del carácter sagrado de la vida, y no sabía que un embrión tan pequeño posee alma. Para mí la vida en ese estadio era lo que me habían contado: unas células en reproducción. Así se nos explicaba en la Facultad de medicina en Francia. El aborto consistía simplemente en parar el proceso cuando un embarazo no era deseado. ¡Ninguna emoción en esa historia! Yo me contentaba con una visión así de simplista de estas cosas: ¡Tnego la pena de haber sido crédula e inconsciente! Viviendo en un lugar de ateos y habiendo yo misma perdido la fe, por dos veces cometí el acto más insensato que pueda serlo para una madre: matar a sus propios hijos.

Más tarde reencontré la fe en condiciones que no podían ser más trágicas. Fue la muerte accidental del más pequeño de mis hijos, Sebastián, que me hizo volver la vista al cielo, ¡tan insoportable era mi sufrimiento! Después de este terrible acontecimiento, enseguida recordé los dos hijos abortados. Me di cuenta que no era un hijo que acababa de perder sino tres; fue como si mi conciencia oscurecida después de los años, con la violencia del trauma, se iluminara hasta sus más recónditos rincones. Esos rincoones, olvidados, encerrados, bloqueados para no ver, pues lo que uno ve tiene peligro de hacernos morir de miedo. Todo lo que se ha hecho en la sombra será revelado en el gran día, esto nos dice Jesús en el Evangelio.”

“Mi conciencia se iluminó de una manera brutal, haciéndome ver la gravedad del acto cometido. Desde entonces viví continuamente con el pensamiento centrado en estos dos hijos, bien vivos en el más allá, y con los que Sebastián se ha reunido.”

Vivo constantemente con la percepción dolorosa de que cada uno de ellos es una criatura de Dios, única, y que yo desprecié este regalo que es de un valor inestimable. Yo comentí el acto más horroroso que existe, sin darme cuenta.”


“Pienso también en mi otro hijo G. que hoy está solo, y a quien aún no me he atrevido a decir la verdad. Me cuesta mucho explicárselo. Pues al hacerlo reviviré mi sufrimiento. Creo que debo atreverme a decírselo, otras madres lo han hecho antes que yo, cosa que nadie quiere entender.”

El aborto es una nueva matanza de inocentes, ahora a nivel planetario. Los inocentes no tienen ni la posibilidad de defenderse, ni la de gritar su dolor (y menos aún de exponer a la vista del mundo sus pequeños cuerpos arrancados de la vida.) Debo, a pesar de mi verguenza, denunciar este crimen abominable a quien quiera escucharme.”

” Debo y quiero dar testimonio de lo que yo he vivido, por todas las mujeres que están a punto de abortar, a fin de que ellas piensen esto: un día, mañana, dentro de diez años, en su vejez, ellas comprenderán igual que yo que fueron engañadas, que dejaron que la sociedad abusase de su egoísmo, una sociedad que quiere ofrecer todas las libertades, todos los placeres, no importa q qué precio. Cuando llegue ese día sentirán esa pesada culpabilidad que llevan a sus espaldas. El marido, la pareja, el padre, el médico, la asistente social, los amigos, todos los que contribuyeron al aborto, o quienes no hicieron nada para impedirlo, no estarán entonces allí para llevar con ellas el peso de la culpa y la responsabilidad

“Podemos hacer un trabajo de curación interior con el sentimiento de culpabilidad que nos tortura, pero no se me borra jamás quel día maldito, cuando cometí lo irreparable: prohibir a mis propios hijos del derecho a vivir

“Por mi parte, yo pido perdón a Dios; me ha llevado mucho tiempo creer que Él puede perdonarme; actualmente me siento perdonada, pero sigo habitada por la tristeza. Espero y deseo reencontrar a mis hijos un día. En una peregrinación y ceremonia propuesta por la Iglesia les he pedido perdón y les he dado  nombre, y les he vuelto a dar un lugar en mi familia, y sobre todo en mi corazón, y me refugio en nuestra Madre María, cuando la angustia es demasiado fuerte

Si la desgraciada experiencia de mi vida y el sufrimiento que siento hicieran pensar siquiera a una mujer a renunciar al aborto, yo estaría loca de alegría por ella y por su hijo. Que ella pueda encontrar personas que la ayuden a aceptar y amar esta vida única e irremplazable, que toma cuerpo en ella y que no pide otra cosa que el amor de sus padres y de su madre en particular”

“Padre nuestro, a través del don inestimable de tu Hijo bien amado, nos das la posibilidad de rehacer nuestras vida. Tú ofreces a todas las madres desamparadas como yo la posibilidad de volverse hacia Ti. Te doy gracias por los ápostoles infatigables que pones en nuestro camino. A través de la misión que Tú les confías, nos ofreces la posibilidad de apartarnos de nuestro camino de muerte y volvernos al camino de la vida. Te doy gracias por haberme abierto los ojos aunque esto sea doloroso, y te ofrezco mi sufrimiento, para que acabe la plaga abominable que es el aborto. Amén.”

 

Contignac, Francia.

Septiembre 2003.

Una madre.

 

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